Comparte

sábado, 2 de marzo de 2013

Another Day in Paradise


Era una fría tarde de diciembre. La noche acechaba aún siendo las seis de la tarde, típico de estas fechas. Pocos eran los que se aventuraban a salir debido a las bajas temperaturas. La neblina se cernía sobre la ciudad y los pocos transeúntes que pasaban por las calles lo hacían a la velocidad que el ritmo de vida imponía.
Y allí estaba Elisa, corriendo hacia el supermercado. Entró rápida al establecimiento, quizás refugiándose del frío. Recorría los pasillos buscando ofertas y productos baratos. Sabía que sólo podía permitirse lo indispensable. Era normal teniendo en cuenta que ahora formaba parte de ese gran grupo de desempleados que se agolpaban a la cola de la INEM. Miró la lista de la compra: leche, huevos y  pan. -¡Qué tiempos aquéllos en los que incluía algún bistec!- Pensaba ella.
Se dirigió a la caja y tras pagar salió dirección hacia su hogar… Y allí, resguardado bajo un balcón cercano al establecimiento estaba él, sentado en el suelo helado y húmedo, con un cartón que apenas lo resguardaba de la humedad y la helada superficie. Vestía rasgadas ropas, un sombrero agujereado por el paso del tiempo cubría parte de su canosa cabellera. Por la suciedad de su piel Elisa intuía que llevaba varios días sin asearse. Llevaba una mochila, reflejo de una actual vida nómada en busca de la redención y aceptación social. Entre sus piernas entrecruzadas había un papel que decía: “No tengo recursos, solo pido para poder comer”. Para la mayoría de clientes que salían de la tienda era un ser invisible. Se cruzaban sin ni siquiera mirar, como si no se percatasen de su existencia o, quizás, para  intentar no darse cuenta de la realidad existente.
Elisa lo miró a los ojos. No lo conocía de nada, pero por algún extraño motivo sintió empatía por aquel señor( ¿por qué no llamarlo señor? ¿Qué reglas rigen el hecho de que un hombre sea considerado señor o no?). Por un momento el tiempo se paró, y Elisa, en esos segundos infinitos comprobó cómo un volcán de pena, nostalgia y pesadez espiritual salía desde los ojos de ese señor hacia ella. Las imágenes de la vida anterior del desdichado mendigo se agolpaban en su mente, como un reflejo de lo que fue y lo que es. Y así, sintió la necesidad de darle el poco dinero que le habría sobrado de su humilde compra.
Una vez estaba en casa, se dirigió a la cocina y abrió la deprimente nevera: un limón partido en dos  y un paquete de embutido eran las únicas presencias que hacían acto dentro de ella.
-¿Y quién soy yo para quejarme? Al menos sé que esta noche de invierno la pasaré durmiendo en una cama, sobre un barato pero eficiente colchón y arropada por una gruesa colcha que me abriga de las bajas temperaturas.- Se decía ella a sí misma. 
Tras colocar la poca compra que había traído encendió la radio( escuchar música era una de sus pasiones), y al cabo de unos veinte minutos una canción la llevó de vuelta al instante en que cruzó la mirada con el desconocido que se arrastraba en busca de alimento cual perro abandonado en medio de una autopista:

Another day in paradise de Phill Collins

Las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas en un silencioso sollozo de quién no quiere pero inevitablemente llora.
 -¡Lástima! Como me gustaría ser de piedra- Objetaba Elisa.
Ella era consciente de su sensibilidad, pero en público se mostraba como una roca inalterable. Sabía que en estos tiempos que le había tocado vivir ser sentimental era símbolo de debilidad, o al menos eso le había demostrado su experiencia. Sin embargo no paraba de llorar. Era inevitable. El hecho de oír la canción y recordar a aquella persona indefensa la llenó de pena, y sobretodo de impotencia. ¿Cómo podría ella ayudarlo? ¿Cómo es posible que siga habiendo gente en la calle, sin recursos, sin techo… a veces sin dignidad? ¿Cómo puede ser que la gente pasé inexorable por delante de un prójimo necesitado? ¿Cómo? ¿CÓMO? ¿¡CÓMO!?.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Compártelo