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martes, 10 de julio de 2012

Carta de amor ganadora del accésit local del Certamen de Cartas de Amor Ciudad de Bailén


Aquella noche de diciembre aparecía entre la lejanía del día como otra cualquiera. Pero tú y yo sabíamos que no sería otra noche como tantas. En la parada del autobús, tú, yo y dos maletas apoyadas levemente en el suelo.
Todo era silencio a nuestro alrededor, pero te miraba a los ojos y sabía que éstos querían expresarme tu disimulado y latente dolor. Me contemplabas y no parabas de hacerlo hasta que comprendí que más que contarme tu sufrimiento querías aullármelo a los cuatro vientos. <>, <> eran algunas de los pensamientos que bramaba reservadamente el verdor de tu mirada.
Mientras conversábamos entre miradas fugitivas del ruido, el cielo rompió a llorar, como si nuestra discreta tristeza hubiera sido absorbida por las nubes en un atisbo de llanto y pena. Pronto se iluminó el cielo y los truenos confirmaron que ya no había vuelta atrás. Un abismo de 560 kilómetros se interponía entre nosotros cuando a la vuelta de la esquina apareció el autobús. <<¿Por qué había sido tan puntual?>>. Me pregunté mientras nuestras manos se entrelazaban en un suspiro de agónica incertidumbre por nuestro porvenir. No quería llorar, no deseabas que te viera suspirar, y entre sentimientos de confusión y afecto nos dimos el que sería nuestro último beso durante una larga temporada, sin que ninguno de los dos derramase un lamento. Queríamos, necesitábamos ser fuertes. ¿Pero quién puede contener el llanto tras ver a la persona a la que amas alejarse y desaparecer en la oscuridad como el agua que se escurre en nuestras manos?. Y así, tras un beso, dos “te quiero” y tres “no me olvides” me monté con dirección a mi nuevo destino.
Como desearía no quererte ni un segundo, ni una milésima más para no tener que descargar mi llanto cada vez que te pierdo de vista, que dejo de tocarte y olerte, y que te intuyo más y más lejano cuando mi mar de olivos desaparece en el horizonte.
Como anhelaría que dejaras de poner mi foto en tu mesita de noche, y te olvidaras de mí y mis ganas de volar.
Yo, que todavía sigo sin comprender porqué nunca has dejado de quererme ni un momento, ni un solo instante desde el primer momento que pusiste tus ojos en mí.
Yo, que soy un colibrí que no sabe que néctar prefiero,  que soy un pájaro deseoso de volar , de ver el mar y oler la libertad.
Yo, que a veces te hago cargar con la bipolaridad de mi alma, a veces dándote guerra, otras, procurando tu calma.
Yo, que tras varias reflexiones he comprendido que tú eres un ser especial, un ángel traído del cielo para hacerme volar con tu risa y fundirme entre tus blancas alas, mientras que yo, sigo siendo una imberbe del amor, un anticristo de las pasiones y del sentimiento más puro. Pero sin embargo, te quiero.
Y con estas deliberaciones realizadas en un incómodo asiento de autobús, al lado de un desconocido que duerme apaciblemente, paso las horas muertas cada vez que me alejo de ti, como siempre y como nunca. Porque, aunque creas que sigo siendo una escurridiza presencia en tus noches de soledad, yo también siento que una de mis alas se rompe cuando en mi búsqueda de la autonomía de mi alma no estás tú planeando conmigo alrededor del cielo turbio y gris.
 Por eso comprendí, que aunque era un colibrí buscando mil flores donde posarme, no podría sobrevivir sin ti, pues eres el néctar más dulce que conozco, la flor más hermosa de cuantas me poso. Aquella flor en la que quisiera yo hospedarme para alimentarme de por vida con el jugo de tu amor sin intereses y sin esperas.



Aquella mañana de marzo se intuía especial, no era el típico día de primavera, y los primeros rayos del sol saludaban con más fuerza que nunca. Tú, yo y el alegre astro sabíamos que algo señalado estaba apunto de ocurrir.
Y así fue, mi alegría era más y más patente a medida que mis olivitos se asomaban entre las lomas para afirmarme que tu presencia por fin ya no era un espejismo de mi imaginación. La entrada al pueblo ya era evidente, al igual que mi nerviosismo y mis ganas por comprobar si en todo este tiempo habías ganado o adelgazado algunos kilos. <<¿Y eso qué más da?>>. Me preguntaba a mí misma con la emoción de una niña que esperaba su regalo de cumpleaños, aunque en este caso ninguno de los dos celebraba su onomástico, sino algo mucho más especial y más difícil de definir.
Y por fin, cuando el autobús giraba la esquina, la emoción fue más que palpable y mis brazos se agitaban con fuerza para que me vieras llegar. Tenía la sensación de que no te habías movido jamás de allí y habías esperado quieto mi regreso cual farola. Tenía la impresión de que yo nunca me había alejado de ti.
Bajé las tres escaleras que me separaban de ti y nos fundimos en un abrazo, mientras el sol se estremecía con fuerza para regalarnos un cálido encuentro.
Todo había valido la pena, mis noches en la más absoluta soledad  y tus sábanas frías por fin se habían terminado. Y nuestras miradas ahora se entrecruzaban en un instante en el que ya no había llantos reprimidos ni angustia. La perfección en estado puro, tú y yo, como siempre, como nunca, de nuevo durmiendo en la misma cama, muriendo de amor.
Entonces llegamos a la conclusión de que nunca la distancia podría separarnos, los abismos no eran tales si la espera valía la pena, y de hecho, siempre la ha valido. Y en ese momento yo era más libre que nunca, amarrada a un “cómo estás” dos “te quiero” y tres “nunca te he dejado de querer”.
Y por eso ahora escribo estas líneas, e intento que entiendas “entre líneas” que ya jamás ninguna estación ni aletargada lejanía conseguirá que dejemos de amarnos, aunque dentro de cuatro días volvamos a tener un “Deja vu” tras irme de nuevo y volver a despedirnos como siempre: un beso, dos “te quiero” y tres “no me olvides”.

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