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sábado, 4 de agosto de 2012

Prólogo

                                                           Fotografía tomada de la página Mayfrog.blogspot.com



Un gran zumbido recorría su lucidez aquella mañana tardía. Con mucho dolor
 de cabeza asomó su cara por encima del filo de la cama. Miró a su alrededor y comprobó el caos latente en su habitación. La anterior noche había sido larga, quizás demasiado…
-¿ Cómo?- pensaba ella mientras se vestía con la lentitud de un largo invierno. Y ese cómo seguía abofeteando su mente en un incesante intento por volverla a la realidad.
Fue hasta la cocina con la finalidad de tomarse un café, -¿un café, a las doce?- se interrogaba para sí misma aún sabiendo que nada de lo que se contemplaba a su alrededor poseía una respuesta que pudiera encontrar. El salón estaba lleno de ropa tirada en el suelo, la mesa auxiliar había sido cambiada de lugar y sustituida por más ropa, una caja vacía de Lucky Strike, papelinas y un canuto hecho con un billete de veinte euros. –Me puse hasta el culo- confirmaba con total horror su sentido más sensato. De nuevo, la misma pregunta se volvió a formar en su lucidez:-¿ Cómo?. ¿Cómo?...¿¡CÓMO!?-. Y esa minúscula consulta se convirtió en un incesante remolino que abrazaba su alma y la acechaba para garantizarle un inmenso sufrimiento.
Había tocado fondo, y ella lo sabía.
            El olor a café suavizaba su tormento, procurándole un efímero bienestar. Abrió el cajón, sacó una cucharilla y puso media cucharada de azúcar en la taza. Mientras la removía no paraba de recapacitar, y sus pensamientos eran cada vez más y más negros. Una gota de café salpicó su dedo índice. Ella contempló como la gota la recorría poco a poco buscando un lugar donde perecer y se dijo- quizás, esta sea la señal de que el vaso ha colmado-.
            Tras tomárselo, acudió de nuevo a su habitación y abrió uno de los cajones de su armario de nogal situado cerca de la ventana. Era una armario precioso, en tonos ocres y naranjas que, junto con los finos rayos de luz que entraban por los orificios hacían que aquel destartalado cuarto fuese algo más acogedor. Pero para ella, todo estaba volviendo a ser un infierno. Había vuelto a recordar todos aquellos pensamientos negativos que convirtieron los que debían ser los mejores años de su vida en una pesadilla. Para Carmen, una opresión que siempre tocaba a la puerta. Una sombra que la acechaba, y de la que ella formaba parte.
             Del cajón sacó un álbum de fotos, pasó la mano para quitar un poco el polvo que contenía la portada y lo abrió. Contenía fotografías de años atrás, quizás demasiados. En ellas, se la contemplaba feliz, la joven que siempre había sido junto a muchos de sus antiguos amigos y conocidos: alegre, divertida, extrovertida, sincera. Una silenciosa lágrima cayó por sus mejillas y concluyó:- La que chica que nunca más volveré a ser-.
Cerró el álbum con fuerza, quizás con la intención de no seguir mirando aquellas imágenes que tan lejanas le resultaban y volvió a guardar el álbum en su cajón mientras sollozaba con las ansias de quién necesita sacudirse así su sufrimiento.
              Así, con un inmenso malestar resultado de sus vicios cada vez más cotidianos y una hendidura en su alma; subió la persiana y se llenó de la luz que el sol brillante le ofrecía. –Nunca nada será igual-.

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