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miércoles, 23 de septiembre de 2009

POEMA ESCAPADO UNA NOCHE DE VERANO

La vida está llena de victorias anónimas,


De derrotas conocidas.

Son persecuciones o huidas.

Vividores o suicidas.



No soy el hielo de tu copa,

Ni la guinda del pastel

Quizá sea un bizcocho

Entre llamadas al “pelocho”.

Y no tengo gasolina

En la estación que es mi vida

Y no encuentro

La salida, al laberinto

De la dicha

¿Y si la dicha, es un invento

Que crearon, los contentos?.



Si el infierno es el cielo

Y la tierra es un infierno

De llamaradas de odio.

Me quemo cual rastrojo.



La vida está hecha

Para los que quieren vivirla,

No hay sitio para sentirla,

Y se mueren sus esencias

Entre trajes de moda y nuevas tendencias.

¿Absurdo escaparate de apariencias?



No necesito un bolso nuevo

Si oler la tierra húmeda

Es en realidad lo que quiero.

Me dan igual las nuevas tecnologías,

Prefiero ver el cielo azul

Al amanecer de un nuevo día.



Por eso soy alma sola en el metro

Hacia la estación del nunca más.

Prefiero ser un vagabundo

Sin rumbo por el destino

Que me obligan a escribir.

Quizás mi vida pase desapercibida

Todo eso me da igual

Si soy una misma.

Para los que a unos les da qué pensar

A mi me da para pensar, sin más.

DIARIO DE UN PSICOPÁTICO: YO, LA SOLEDAD, Y EL TALENTO DESPERDICIADO.


Cuando te sientes solo, es más fácil pensar en cosas absurdas y sin sentido. Yo, me quedé solo pronto, creo que de hecho incluso ahora lo estoy aún esté rodeado de mis amigos y mi pareja. No puedo remediarlo, la soledad se ha forjado en mi como lo un cordel indomable que me gusta y se deshace entre sentimientos y la captura de experiencias nuevas.


Desde pequeño nací con un don especial para la música. Me encantaba recoger las latas vacías de conserva que mi abuela dejaba tiradas como objetos inservibles dentro de su cubo, siempre lleno de sobras y pelusas de polvo recién barrido. A mi abuela no le gustaba que cogiese las cosas del suelo porque decía que eran “caca”; pero me daba igual. Subía las escaleras a toda prisa para esconderme en mi “guarida”, la cual era una terraza amplia dónde mi abuela tendía la ropa en la época de lluvias. Para mí, era una auténtica isla del tesoro: siempre llena de chismes y trastos viejos que se volvían útiles a la imaginación de cualquier chaval.

Pasaba las horas en la terraza tocando y escribiendo mis propias canciones, hasta que mis padres volvían para recogerme. Nada más subían las escaleras yo comenzaba a recoger “la batería”, pero nunca me daba tiempo a guardarlo todo.

Entonces, cuando mi madre subía, me recriminaba que estuviera jugando a ser músico en vez de dedicarme a estudiar para llegar a ser alguien importante el día de mañana. Cogía los apuntes de las imberbes canciones y me decía que nunca llegaría a nada con ellos, por muy bien que lo hiciese, que ese no era buen futuro para nadie y solo eran sueños de la niñez.

Hoy día, tras una tarde lluviosa y llena de penas traídas de este recuerdo me paró a pensar fríamente en las palabras y consejos de mi madre. Aún sigo sin explicarme el porqué nunca me animó a que hiciese lo que me gustaba de verdad.

Mis años de estudiante pasaron entre recuerdos de notables y buenas notas que transcurrieron sin pena ni gloria por el transcurso de la vida. Mis intereses eran otros, más profundos y remotos para la gente práctica y terrenal. En mi clase fui respetado como uno de los más listos, aún no siendo el más estudioso. Recuerdo que no era difícil aprenderme un nuevo tema y me preparaba los exámenes de un día para otro con resultados muy buenos y eficientes. Sin embargo esa no era mi mayor cualidad, mis compañeros de clase flipaban cuando me oían entonar una nueva pieza compuesta por mí y mi vieja guitarra. Siempre me animaban a que siguiese y creían en mí y en mis convicciones. Recuerdo que de vez en cuando me pedían que les escribiese alguna pieza para dedicársela a alguien, e incluso llegué a ver a alguna de mis compañeras llorar de la emoción tras oírme, fui un auténtico trovador. Sin embargo, en mi casa todo eran pegas y reproches. Me encerraba en mi habitación para seguir con lo mío, cuando sin previo aviso entraba mi madre y me preguntaba qué quería hacer cuando acabase el curso y comenzase mi nueva etapa en el instituto de educación secundaria del pueblo. Yo, con palabras sinceras, le decía que quería ir al conservatorio de la ciudad, que incluso la tutora me recomendó que lo hiciese si ese era mi sueño y encima tenía talento para defenderme.

Era entonces cuando me repetían la charla de que eso no era buen futuro y que no encontraría trabajo tras terminar mis estudios en el conservatorio. Tal fue la influencia de estas palabras que una vez terminado el curso, me matriculé en el bachiller de ciencias, algo de lo que todavía estoy arrepentido. A mi familia se le llenaba la boca en el mercado cuando les comentaba a los vecinos que el primogénito de la familia había decidido ser un futuro médico o enfermero. Nunca asistí a clase, pasaba las mañanas en la plaza cercana al instituto entre las malas juntas y deseos de rebeldía contra el poder autoritario que indirectamente me acechaba cada vez que se abría la puerta de mi habitación sin previo aviso.

Por eso, tal día como hoy, sigo estando solo, como siempre. Para mí la soledad es saber que la vida nos regala un talento o habilidad y no puedas desarrollarlo porque las personas a las que más quieres no aprueben lo que te hace sentir vivo.

Tras esta soledad llegaron parte de mis primeros miedos, que se convertían en mentiras que comenzaban a relucir con tal fluidez que conseguían transformase en verdades a medias. Mi vida se convirtió en una mentira, solo por poder ser aceptado como soy. Así fue como comencé a mentir a mi familia. Y no es que lo hiciese por gusto, como ya lo he dicho antes, sino por el temor a no gustar.

Como me hubiera gustado ser aceptado por mi familia. Daría diez años de mi vida por haber visto un ápice de aceptación por los que me dieron la vida. Lástima, nunca fue así.

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